De nuestra filosofía
Fecunda, eso decías,
fecunda noción deberíamos tener
de aquello que el tiempo nos daría
- yo me preguntaba ciertas
cosas al escucharte pero,
hombre, que la juventud está para eso,
sólo para preguntarse –
y agregaste:
lo nuevo viene de la mano de lo viejo
pero únicamente nace cuando suelta esa mano
y, sin darse la vuelta, saluda,
eso sí – asegurabas -,
porque lo nuevo verdadero,
lo nuevo que no es moda,
lo nuevo que surge de una necesidad
tan imperiosa como la respiración,
lo nuevo, para terminar, decías,
era muy educado.
Me parecía bien, después de todo,
porque mi madrecita, ya anciana – cumpliría
el otoño siguiente más de cincuenta años –
no gustaba de las chicas mal educadas:
mal aprendidas solía decir ella, muy ceñuda,
ya que el sólo trámite de la fecundación convertía
a cualquier estúpido comesellos y
a cualquier anodina abrepiernas
en el summun de la filosofía
y todos los consejos emanados de tamañas
fuentes de sabiduría – desde la cocción del arroz
hasta la purga a cada cambio de estación –
no podían ser otra cosa que virtudes del tamaño de melones
que ninguna chica –nunca hablaba de muchachos,
temía que yo le saliera puto –
podía dejar de seguir a pies juntillas.
De manera tal que, en ese punto al menos,
ambas estaban fecundamente ¡de acuerdo!
Y yo también.
Para hacer honor a ese destino venturoso
que nos saludaba desde el balcón de enfrente
me convertí en un entusiasta de la educación
y de la cortesía:
no había colectivero que yo no saludase,
coreano que no alentase,
mujer a quien no cediera el asiento,
político a quien no votase,
maltrato sin soportar,
con una sonrisa.
El portero de mi edificio se inclinaba
hasta tocar el piso con la frente
cuando, en las Navidades, subíamos,
ambos, con bolsas llenas de turrones,
pan dulce, sidra, vino, gaseosas, remeras,
juguetes para los críos que enmierdaban
los estrictos botones de los timbres,
corpiños para las abismales tetas de la señora,
e incluso jalea real para una suegra
devenida, por obra y gracia de
nuestra inconmensurable cortesía,
de bruja maloliente en
Rosa Luxemburgo.
En las reuniones de consorcio estábamos,
alternativamente, de parte de los unos
que puteaban a los otros y que, a su vez,
carajeaban a los primeros hasta que
una inevitable y ubicua vieja arquetípica
-con la que también estuvimos de acuerdo-
propuso castrar al administrador y a su
hijo mayor.
Cuando el sistema de cable no funcionaba
amablemente tolerábamos la menstruación
de la empleada de reclamos y
la vez que la Telefónica nos facturó
un importe como de haber llamado a la Luna
aceptamos con altura que nos devolvieran
el dinero en grabaciones
de Tom Jones.
Llegamos, incluso, andando el tiempo,
a permitir que las maestras de nuestro
único hijo, lo humillaran, insultaran,
maltrataran, idiotizaran,
amonestaran, excrementaran,
con la única salvedad
de presentar una amable nota
a la titular de Pedagogía Múltiple
quien, desde luego, de manera unánime,
la usó para limpiarse el culo,
por turnos.
Nuestro único hijo nació un
domingo de febrero y, en virtud
a eso, lo llamamos Domingo Segundo
aunque en la casa, cariñosamente,
le decíamos Ñoño:
era un rubito cálido, candoroso,
comilón, clueco, cagador,
corto, culo inquieto, costrudo,
constreñido, culebra
pero obediente.
Desde pequeño le enseñamos
la mayor de las virtudes:
el respeto por los mayores –
con lo cual respetaba hasta a aquellos
que apenas tenían un día
más de vida en su cuenta-;
el respeto por nuestras tradiciones –
apenas pudo hacerlo lanzaba
la taba con bastante soltura y
entonaba zambas, cuecas, chacareras,
tangos, milongas, vidalitas, sombreritos,
gatos, cifras, remedios, coplas,
estilos, yaravíes, guaranias,
bagualas, valses criollos, canciones
y milongas sureñas -;
la sumisión a la autoridad –
con tal éxito que entraba en trance
de sólo cruzarse con un cura, una monja,
una maestra, un militar, un policía,
un ministro, un profesor,
un dueño de heladería,
¡un vendedor de panchos! -;
debimos hacer algunos ajustes cuando
el portero del edificio –el mismo a quien
habíamos regalado la suscripción
a un canal pornográfico – comenzó a pedirle
que se bajara los calzones;
eso fue demasiado.
De haber permitido tamaña monstruosidad
nos hubiésemos malquistado con el portero:
Ñoño tiene flatulencia congénita.
¡Ah! ¡Noches y noches buscando la salida al atolladero!
De quién sino de ella, de la única, de la santa
que me eligió una tarde de agosto a la salida
de la Facultad, de la madre de mi hijo,
de la nuera de mis padres,
de la vocal segunda de la Cooperadora
de la escuela de Ñoño,
de la coreuta en el coro destartalado de
la Parroquia del barrio,
de quién sino de ella vendría la solución.
Preparamos todo; hasta compramos
un nuevo juego de sábanas con ilustraciones
adecuadas al menester que servirían:
tremebundas fotos de Pampita,
de Teté C., de Susana G., de ¡Mirta!,
de las hermanitas Avon, de la uruguaya
Amalia Tenreiro, ¡de la señora del
Príncipe de Dinamarca! ¡Todas! ¡Todas!
¡Todas ellas en pelotas y con la lengua afuera!
El otro aspecto de nuestra preparación
fue menos problemático:
una recorrida por los negocios del Once
y volver a nuestra casa con un conjunto
de corpiño y bombacha
con cuya tela, sumada, sólo
hubiéramos podido remendar
el moño de un smoking.
¡Le quedaba tan bien!
¡Relucía tanto el hilito negro
entre sus redondas nalgas blancas!
¡Estoy lista! – me dijo, emocionada.
Citamos al portero a la hora de la siesta
y minutos antes de que el buen hombre
se apersonara en nuestro departamento
alcé a Ñoño en brazos y me fui
al circo de Moscú.
El honesto empleado fue recibido
por mi mujer; y tan amable resultó
que, antes de quitarse los pantalones,
arregló una canilla que goteaba;
luego de lo cual entró con mi mujer
en el dormitorio y la sodomizó a conciencia;
una vez, dos veces, una tercera,
una increíble cuarta vez,
para la quinta necesitó del reparador
sortilegio de una cerveza fresca;
a la octava hizo una pausa para
embucharse dos pizzas de muzzarella
y tres empanadas de humita y,
obsesionado con su trabajo –
el hombre es la responsabilidad en persona-,
encaró la undécima sin la necesaria
tranquilidad en el obrar.
La situación se había salvado:
cuando llegamos, con Ñoño y dos kilos
de helado de frambuesa,
mi mujer nos recibió con lágrimas de emoción
y una bolsa de hielo.
¡Dios! ¡Las huellas del combate
habían quedado a la vista en cada
una de las caras que nos saludaban
desde las sábanas!
Durante una semana mi mujer
durmió boca abajo pero nuestra
conciencia estaba en paz.
Y de allí en más:
¡cuántas veces agasajamos a jefes,
supervisores, médicos, electricistas,
Testigos de Jehová, vendedores ambulantes,
fumigadores, vecinos sin azúcar,
compañeros en tren de casamiento,
estudiantes a punto de recibirse,
manifestaciones de desocupados,
cartoneros, botelleros, censistas,
todo aquél a quien quisiéramos
hacer el bien!
Sin embargo
dos dudas insidiosas
como moscardones
le tarasconeaban el meollo:
- ¿por qué todos los hombres
quieren el mismo lugar
para descargar
sus emociones?
¿Por qué el hielo
es tan caro?
De la educación de Ñoño
Lamentablemente aún nuestras preclaras
autoridades no entendieron de la
necesidad de una Salita para
niños de dos años.
¡Ministro! ¡Secretaria! ¡Autoridades!
¡Dos años a merced de la barbarie
que tanto encaneció a Sarmiento!
Sin embargo, apenas cumplidos los tres años,
nuestro Ñoño se apersonó, flamante,
al Jardín de la Escuela de la zona.
Multitud de compañeritos pululaban
inquietos y ansiosos por el gélido patio
central; a la vista de la orgullosa
bandera y de los carritos de la leche.
Del despacho principal, con paso altivo
y a la vez empapado en toda la sabiduría
de la Tierra,
salió la señora Directora y la señora Directora
de Jardines de la región que abarcaba
nuestro barrio: región JIN 1.
Casi lloramos de emoción cuando
la augusta mujer les habló a los niños
(con tantos idiotismos que pensé,
inmediatamente, en la necesidad municipal
de un diccionario de ellos)
Luego, alzando el tono y la mirada,
nos habló a nosotros, los padres:
- ¡Déjennos a sus niños y se los devolveremos
hombres de provecho! – tronó.
Eso hicimos.
“La familia es la base de la sociedad”
leímos, esa tarde, en el cuadernito
de Ñoño; y aún más:
“Respeta a tus mayores, a tus maestros,
a la señora de la leche, a tus compañeros,
al señor Supervisor del Ministerio
y a tus padres”
Mi mujer copió primorosamente
este primer escalón de Ñoño hacia las alturas
de la vida
y lo enmarcó y lo colgó en el centro mismo
de una pared que, previamente,
pintamos de blanco.
¡Cómo relucian allí esas palabras!
Seguimos leyendo:
“Debes ser pulcro y obediente
debes ser atento y prolijo,
debes dar las gracias por todo
(¡admirable simplificación adecuada,
sin duda, a una mente infantil!),
debes permanecer quieto y en silencio,
debes sentarte sin cruzar las piernas,
debes usar la pollera por debajo de las rodillas,
debes usar el pelo atado y recogido,
debes sentarte con las piernas apretadas,
muy apretadas,
debes avisar a la señora Directora
si el portero intenta
levantarte la pollerita
o bajarte el pantaloncito.
Caramba - dijo mi mujer, levemente
decepcionada – quizás deberíamos visitar
a ese portero.
Cuando Ñoño trajo la lista de materiales
necesarios para la pronta formación
de su carácter salimos a toda marcha
por esas calles de Dios
y compramos:
fósforos, velas, monedas antiguas,
botellas panzonas, cable bipolar,
plastilina, pegamento, hojas blancas,
celestes, amarillas, verdes, topacio,
esmeralda, plateadas, doradas, terciopeladas,
filigranadas, apaisadas, crepé,
transparentes,
hojitas de afeitar, corchos, ruleros,
masilla, tornillos, tuercas, arroz, fideos,
botones grandes y pequeños,
etiquetas con la figura de Pluto,
algodón, gasa, alcohol, hilo de coser,
hilo de anudar matambre,
hilo de sisal, hilo de pescar,
y doscientos setenta y cinco
gramos de lentejuelas.
El resultado del trabajo con tan
variados materiales lo colgamos,
también,
en la pared blanca.
¡Qué incentivo de la expresión artística!
¡Qué nutriente de Picassos y Dalíes!
Era una vaca preciosa.
- Sin ustedes no podríamos hacer nada –
nos dijo la Directora sacándole punta a una tiza -.
Padres, la escuela es el segundo hogar,
pero para que esta institución,
y los hombres y mujeres que la hacemos
y que volcamos nuestra vida, nuestra fe,
nuestro infinito amor en ella,
sea el segundo hogar –
hizo una pausa para firmar una planilla –
¡debe existir un Primer Hogar!
¿Entienden?
Por eso trabajamos, por las tardes,
tirados en el piso del gélido patio,
a la vista de la bandera y del carrito de la leche,
en una docena de vacas primorosas
a la vista de nuestros asombrados hijos.
Una mujer, una... degenerada, una... psicóloga,
una loca retorcida, una desquiciada mental,
una transformista de la lengua,
dijo que ella no podía seguir haciendo estupideces.
Las santas palabras de la señora Directora
no mellaron su estólido parecer.
La dejamos irse, no sin antes dedicarles
algunas sensatas palabras a las mustias
mentes infantiles que miraban la escena:
- por allí empieza la pudrición, niños.
(continúa)



