Biblioteca anarquista gratuita

En la página Utopía Libertaria podés descargar gratuitamente una prolífica e interesante biblioteca de textos anarquistas. Entre ellos:
Berkman - El ABC del comunismo libertario
D'Auria - Contra los jueces
García Moriyón - Senderos de Libertad
Thoreau - Desobediencia civil y otros textos
Archinov - Historia del Movimiento Makhnovista
Baigorria - El anarquismo trashumante
Kropotkin - La moral anarquista
Varios - El anarquismo frente al derecho

Leé, estudiá, informate.

Asociación contra la violencia familiar

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Notas acerca de música contemporánea




Iremos publicando pequeñas notas referidas al asunto de la música contemporánea, mal llamada académica o culta, especialmente por el lado de la producción nacional y sus autores.
Y también acerca de políticas culturales supuestas, de las genuinas y de las otras.

1.- Acerca de Juan Carlos Paz
2.- El gran Alban Berg

Una frase de Brecht para no olvidar

Una frase de Brecht para poner en la mesita de luz

El peor analfabeto, es el analfabeto político él no escucha, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
El no sabe que el costo de la vida, el precio de los porotos, del pescado, de la harina, del arriendo del zapato y del remedio dependen de las decisiones políticas.
El analfabeto político es un burro que se enorgullece e infla el pecho diciendo que odia la política.
No sabe el IMBÉCIL que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de todos los bandidos que es el político sinvergüenza, deshonesto, corrupto y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Un poema para mi padre

Requiem

Quería saber tantas cosas
y no fue a tu lado,
ni contigo ni cerca de ti,
pero, quizás sí, ahora lo pienso,
quizás todo lo que deseaba saber,
lo que no hubiera debido saber,
lo supe por ser cerca de ti,
al paso, furtivo junto a ti
detrás de los claroscuros
que mitigaban tu ansiedad
en las noches compartidas.

Qué quisimos compartir
- qué quise compartir -
que nos fue vedado, padre.

Pasó el tiempo y con él
también pasamos nosotros
y hoy tu voz, tus gestos,
la mueca de tus labios
y la mirada que cuesta descifrar,
están lejos
y a la vez tan cerca.

Quisiera que mi corazón
dejara de latir por un momento
para hermanarse contigo.
No lo logro.
Por qué, a tantos años de distancia,
aún te busco
y no supe buscarte.
Por qué quisiera saber,
de una manera distinta,
lo que ya sé, lo que supe
cuando no debía saberlo.
En qué parte de nuestro mundo
estuvo lo amable,
lo pudoroso, lo incierto.

Camino por las calles, respiro,
vivo, soy, me esmero. Eso creo.
Me debo a otros pero nunca enteramente
porque detrás de mí
camina tu sombra.

Por años creo que ya no está.
Pero nunca es para siempre.

Ayer, en un momento de la noche,
mientras afuera llovía,
viniste a visitarme.
No sé si es grato, no sé
- en el momento en que ocurre -
si tu visita me alivia o me sume
en nostalgia preñada de humedad,
de sabor a cosas perdidas.

Pero si no vinieras,
si los años pasaran y se transformasen
en siempre, o en nunca,
sé que algo grande se moriría en mí.

Y aún falta tiempo para eso.

Algunos poemas bastante cínicos

La sabiduría

Usted sabe
(todos sabemos)
que saber no significa
la gran cosa.

Tanto es así que
usted sabe
(todos sabemos)
y eso no enriquece
su vida.

Porque saber,
mi amigo,
(y eso, todos lo sabemos)
no alcanza para decirle
a esa mujer
que la ama.

No, no alcanza.

Para que alcance
debe saberla a ella.
Su sabiduría
sólo será completa
cuando la sepa a ella.
Saberla hasta lo último,
hasta que ya nada
quede
de ella.

Cuando lo logre
usted sabrá
(todos sabremos)
lo que ellas saben.

Desde siempre.



QUISE SABER POR QUÉ
AQUEL LIBRO ERA TAN MALO



A pesar de las recomendaciones
de la prensa oral y escrita
y de las apologías de un crítico
de éstos que pululan en los diarios.
Y a pesar de una cuidadosa y obsesiva
propaganda en cada vidriera
y en cada escaparate y en cada murmullo
salido de la boca de turgentes estudiantes
de letras y demás obscenidades
el libro era rematadamente malo.
El autor era diestro en el manejo
del estilo directo. Directo al hígado.
Y, sin embargo, encabezaba las
listas de ventas.
Todo el mundo
compraba el condenado libro.
Sumando a los amarretes que sólo
leen de prestado y a los ejemplares
distribuidos en ¡bibliotecas populares!
podía decirse que nadie estaba a salvo.
Yo también lo leí, lo confieso.
Entonces pensé lo que siempre pienso:
que la mayoría de la gente no sirve para nada.
Pensar así me consoló pero seguía
sin saber por qué aquel libro era tan malo.
Volví a leerlo, una y otra vez.
Y una tarde caí en la cuenta:
aquel libro era tan malo porque gustaba
a la puñetera mayoría.
Como diría mi amiga mexicana:
chingue la mayoría.

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Directorio Maestro

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Cristina gana en primera vuelta



Si hasta los diarios opositores (Perfil, La Nación o Clarín) ya admiten que la Presidente le lleva una ventaja indescontable al único que se le opone - Ricardito Alfonsín - es que, seguramente, gana con más del 50 % de los votos.

El oficialismo recita como una letanía que eso es porque su "modelo de inclusiòn social" es exitoso y siempre publica las cuatro opciones: Asignación por hijo - extendida a las embarazdas, ahora -, Ley de Medios, política de Derechos Humanos, crecimiento económico.

La realidad es otra: la Presidente gana en octubre porque es la única que hace política.

Si en el desconcierto opositor hubiera uno solo que supiera hacer política las cosas no serian tan sencillas, más allá del resultado.

El otro que también sabe hacer política es Ricardito Alfonsín, desde luego. Pero, es muy poco lo que la UCR puede pretender después de la Alianza 2001. O no, porque, en definitiva, que después de esa catástrofe todavía tenga un tanto de votos es, realmente, un milagro.

Lo cierto es que Ricardito sabe hacer política. ¿Será verdad?
Veamos, es un dirigente que jamás creció ni tuvo la más mínima injerencia en los últimos 20 años. Es cierto que no se lo asocia con las cagadas hechas por otros correligionarios - Moreau, Stubrin, Mathov, Storani, Terragno, etc - pero, al menos, estos tuvieron algo para mostrar, aunque fuera, sus cagadas.

¿Dónde estaba Ricardito Alfonsín en el 99, en el 2000, en el 2001? Muy simple, acobijado por el dedito discursivo de Don Raúl, el payador máximo de los boinas blancas.

Muy poco para inquietar al oficialismo.

Cristina gana haciendo la plancha, sin despeinarse, con sólo evitar estupideces que afecten en 1 o 2 puntitos su imagen, sobretodo en la clase media, que sigue creyendo a pies juntillas lo que la Televisión o los diarios dicen.

Con tan poco, les pasa el trapo a todos.





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La resistencia pasiva de Ben Laden



“Bin Laden no estaba armado cuando la unidad especial entró en la habitación en la que se escondía y lo abatió. Pero la resistencia ante un ataque no requiere de un arma”, reveló uno de los voceros de la Casa Blanca, Jay Carney, encargado de difundir la cronología elaborada por el gobierno de Estados Unidos.

Así lo afirma la nota en Página 12 (ver)

Me pregunto cual sería la manera de resistirse a un ataque sin armas. ¿Llorando? ¿Con convincentes argumentos filosóficos? ¿Tirándose pedos? ¿Vomitando? ¿Ofreciendo satisfacción sexual sin condiciones?

Tengo para mí que el inefable Osama - no confundir, por Dios, con Obama, el primer negro blanco en llegar a la Presidencia de USA - comenzó a utilizar la resistencia pasiva del Mahatma Gandhi y, claro, semejante estrategia podía echar por tierra con toda planificación y con la seguridad del mundo libre. Así que, a dispararle muchachos. Es el de barba.



En el supuesto de que Osama Ben Laden existiera realmente - en definitiva, de árabes barbudos está lleno el mundo - los americanos no necesitan mostrar pruebas. Porque las que tienen, según el vocero de la casa Blanca, son muy fuertes para el público. Ese público que puede ver las películas de Schwarzenegger y miles más, con asesinatos y muertes por doquier, no puede ver cómo le disparan a un tipo peligrosísimo que está a punto de resistirse rezando con el culo apuntando a La Meca.

Me parece que entre la muerte de Ben Laden y la de Yabrán hay un cierto parecido, todo el mundo duda de que esté muerto, pero el poncho no aparece.


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¿Para qué tanto afán?







A escasos meses de las elecciones presidenciales el panorama político sigue confuso.

Por un lado, la Presidente aún no ha confirmado su candidatura, aunque esta se da por descontada por una simple razón: si ella no fuera la postulante ya se debería estar trabajando en otro figurón que asegure los votos, Scioli, por ejemplo, y no mucho más.

Podríamos pensar que, a pesar de la atronadora plegaria obsecuente de Carta Abierta y demás personajillos, el kirchnerismo es bastante pobre, toda vez que no tiene figuras de peso más allá de la viuda y la única que tiene - paradojas mediante - no sería, según la comidilla de los comentaristas políticos - del agrado de la pequeña corte cristinista: Daniel Scioli.

Al parecer, el antiguo vicepresidente de NK y actual Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, tendría los votos necesarios para esta elección o para el 2015. Cosa curiosa, a Scioli, siendo el mandamás de la más importante provincia argentina, se lo nombra bien poco, quiero decir, se lo analiza bien poco. Poco o nada se habla de su actuación como gobernante, sólo se lo sindica como una alternativa para enfrentar al kirchnerismo - últimamente ya descartada - o como un moderado que, andando el tiempo, llegaría a la primera Magistratura cuando el ciclo de Cristina se acabe. Más o menos así.

Qué curioso. Scioli es alguien que no subyuga por su intelectualidad ni por algún tipo de compromiso ideológico. Poco se sabe de sus ideas, si es que las tiene. Sus expresiones, desde hace tiempo, desde que era menemista y polemizaba - es una manera de decir - con Chacho Alvarez en el programa de Mariano Grondona, siempre son insípidas, balbuceantes, su discurso es un manual de buenos modales al estilo de Pancho Maturana, conciliador, políticamente correcto, dialoguista, o al menos eso se pretende.

La realidad no es tan así y bien lo demuestra Verbitsky en sus artículos en Página 12.

Sin embargo este personaje indefinido, casi andrógino, cuenta con un caudal de votos importantes. ¿Será verdad? ¿O una simple ilusión óptica?
A pesar de que Verbitsky suele llamar a Cobos el Gardiner mendocino, en homenaje al célebre tonto representado por Peter Sellers, yo creo que la definición se ajusta más a Scioli, alguien que no se compromete, que quiere quedar bien con Dios y con el Diablo y que, en el fondo, tira, como la cabra, hacia el monte de la derecha moderada, si se permite esta absurda consideración.




Y hablando de la derecha: ¿Qué o quienes son, realmente, la derecha?


Creo que sobre la filiación del Ing. Macri no caben dudas.
Pero los espantapájaros de la primera foto: El Padrino Duhalde, Felipe II Solá, el amigote de los alienígenas Rodríguez Saá y "quítame de allí unos votos" Das Neves, ¿no son, también ellos, la derecha más recalcitrante?

A mi humilde entender este asunto de la derecha sí o la derecha no viene mal encarado. Según la actualidad política, representada en su imaginario por las vertientes opositoras - La Nación, Clarín y otros - u oficialistas - Página 12, Tiempo Argentino, 6 7 8 y otros, además de la inédita proliferación de blogs kirchneristas - el Gobierno sería progresista, o sea de izquierda, Ricardito Alfonsín, Pino Solanas, el GEN de Margarita Stolbizer - magnífico ejemplo de asociación mantenida en el tiempo para un binomio sostenido a puro marketing - y el socialismo serían la izquierda.

El resto, la derecha.

El mal menor


Para los humoristas de la Revista Barcelona, la única publicación política seria del país, Cristina, con todos sus defectos, representa el mal menor. Eso se desprende, específicamente, de las ingeniosas respuestas de su nutrido correo de lectores.

Estamos fritos.

Es una verdad a medias. Desde luego que si comparamos a Cristina con Duhalde, amigo de represores y torturadores, la Presidenta pasa a ser Rosa Luxemburgo, pero, ¿por qué estamos obligados a pensar en estos términos? ¿Qué urgencia nos obliga a considerar las cosas sí? ¿A resignar ideas - si es que las tenemos - para que las cosas no se pongan peor de lo que están?

Lo cierto es que el famoso modelo con inclusión social que pregona el Gobierno no es otra cosa que la revisitación del antiguo ideario peronista del 45, actualizado. No quiero pecar de gorila, que no lo soy, pero antes Evita repartía pan dulce y ahora Cristina reparte netbooks. El asunto es repartir. Pero, ¿qué es lo que se reparte?

Las sobras.

Obsérvese, aún en personas pensantes, el complejo dilema que representa este asunto del mal menor. El filósofo Ricardo Foster, de Carta Abierta, lo resume así:

Me hice kirchnerista por espanto. Sentí espanto por la clase media bienpensante que construía una versión racista y prejuiciosa de la realidad. (ver nota)

Esta apreciación de Foster, no discutible porque es de uso personal, nos muestra el actual estado de situación y lo poco criterioso de los conceptos políticos e ideológicos resultantes. Sentir espanto por la clase media bienpensante no es un punto de partida ideológico.

Quiero aclarar el concepto: la ideología es un conjunto de premisas que sostienen una acción política o social. No hay ideología sin una mirada abarcadora, sin someter la voluntad a la ansiedad. Gramsci no se pasó 10 años en la cárcel jugando a la batalla naval sino construyendo una filosofía política, al margen de las circunstancias italianas del momento - Mussolini y anda mais -.

Pero hoy, para la vocinglería mediática, la elección de octubre representa una puerta abierta al abismo. Debe ser así, porque los dos bandos lo dicen todo el tiempo.

Los actores políticos de hoy, de este hoy argentino, han cedido, ya sean oficialistas u opositores, a un conjunto de vaguedades, de inocuidades que, en el fondo, sólo encubren un profundo desprecio por el pueblo. No hay militancia real - y no me jodan con La Cámpora -, no hay un verdadero estado de movilización, actores que deberías ser absolutamente secundarios, pueden fulgurar por meses - Cobos, el Alberto, Sanz, Sabatella, el ultraderechista rabino Bergman, etc, etc - y luego desaparecer sin que las aguas del proceloso mar argentino se den por enteradas.

Banalidad a ultranza


En un reportaje a Perfil, el 29 de julio de 2007, Hermes Binner, Gobernador de Santa Fe y presidenciable - dicen - asegura que Macri va a hacer un buen gobierno en la ciudad de Buenos Aires (ver nota)

—¿Qué pálpito tiene: gobernará bien o gobernará mal?

—Creo que va a mejorar la Ciudad, la va a ordenar.


Creo que todos sabemos que, de socialista, el Partido Socialista sólo tiene el nombre, pero ¿es posible aseverar semejante cosa por el sólo hecho de ser bien pensante? ¿Serán este tipo de expresiones las que hacen que Ricardo Foster sea kirchnerista? El propio Binner, en el mismo reportaje, halaga al Primer Ministro francés, Sarkozy.


—La política de Sarkozy ha sorprendido mucho porque se lo imaginaba como una persona de gran dureza y una falta de diálogo total pero incorpora gente que no pertenece a su línea ortodoxa.


Pensemos un poco: ¿existen consideraciones morales o ideológicas cuando se dicen cosas como estas? ¿Es Sarkozy una referencia para Binner? De lo que Binner dice no puede inferirse otra cosa. Y, en la superficie que suele arrojarse al fondo, lo que Binner dice es muy simple: el pueblo debe dejar que los dirigentes arreglen los asuntos de manera pragmática, como Sarkozy. Y si hay que bombardear a alguien, bueno, no hay más remedio.


Menciono a Binner porque su imagen es la de un hjombre serio y respetable, discordante con los Aníbales Fernández o las Elisas Carrió, pero, ¿qué es lo serio de Binner?


Viene a mi memoria un famoso aforismo de Lichtenberg:

A lo más a lo que puede llegar un mediocre es a descubrir los errores de quienes lo superan.














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El asesinato como virtud occidental



El gobierno de Estados Unidos ha asesinado a Osama Ben Laden, dicen, aunque rápidamente lo han arrojado al mar, cosa curiosa, ya que, de esa manera, nadie puede verificar la veracidad de lo anunciado. Si es que Osama Ben Laden realmente existió o existe, por otra parte.

Detrás de la innumerable catarata de banalidades que se publican sobre este asunto - lo extraño de su entierro "musulman" por parte de sus asesinos - pocos medios o políticos dicen lo que prioritariamente se debe decir: que un Estado envía asesinos profesionales a matar a una persona.

No es la primera vez. También Fidel Castro fue objeto de innumerables tentativas de asesinato por parte de Estados Unidos. Y detrás de muchos otros crímenes siempre estuvo la CIA.
Cuando Estados Unidos no es directamente el asesino utiliza los esbirros. Como sucedió en el Cono Sur con las dictaduras aberrantes, todas aleccionadas por los norteamericanos.

El asesinato de Salvador Allende, los crímenes de Videla y compañía, de Pinochet, y de los demás gobiernos de facto en la región fueron responsabilidad conjunta con los yanquis.

Un estúpido infame, llamado Alan García, no tuvo mejor idea que opinar que la muerte de Ben Laden era el primer milagro del beato Juan Pablo II.

Una buena metáfora de la alegría de las clases dominantes que contarán con nuevas y eficaces cortinas de humo para su latrocinio permanente.


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WikiLeaks y los vendepatria vernáculos


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Un sitio web dedicado a difundir información que compromete a los gobiernos - actitud altruista y generosa que debería imitarse a escala mundial -, WikiLeaks, difundió la inconcebible cantidad de 250.000 cables que el Departamento de Estado norteamericano clasifica como de "seguridad nacional", lo que ya sabemos qué nefasto puede ser.
La mayor parte de esos cables no son una realidad exclusiva del gobierno de U.S.A., probablemente sean comunes en la mayor parte del mundo, a excepción de Haití.
Después de todo, acá, desde donde escribo, el inefable Mauricio Macri, ese que se casó con la mina que explotaba bolivianos en trabajo esclavo, está siendo juzgado por "espiar" personalidades a quien, seguramente, luego se chantajearía, ¿no?
Lo más seguro es que la mayoría de esos cables sean obra de aficionados tratando de quedar bien con sus empleadores. No se espere en ese rejunte de basura alguna filosofía política o estratégica, son simples chismes, cuentos de suegras, rumores amplificados y cotilleos de comadres bien pagos, eso sí. Porque los funcionarios americanos y extranjeros o vernáculos - llámese, en nuestro modesto país, la SIDE - son bien pagados por el pueblo para dedicarse
a estas "humoradas" a las que se entregan con una seriedad escalofriante.
Como bien podría decir Jorge Luis Borges, todo este asunto sería algo así como una "broma cósmica", sin mayor trascendencia desde lo importante, o sea desde la utilidad social, y significativo de cómo los funcionarios gubernamentales, Hillary Clinton, en este caso, utilizan la información para sus disparatadas visiones del mundo.

Que el asunto es escandaloso, lo es, sin ninguna duda, pero menos, creo yo, que por las estupideces que los funcionarios envían a su gobierno que por el derroche innecesario de dinero en estas bobadas cuando tanto padecimiento e infortunio hay en el mundo.

Y sin embargo, nuestros "periodistas" serios y esclarecidos han utilizado toda esta carne podrida para su pelea permanente con el gobierno. Los imperdonables operadores políticos de La Nación, Morales Solá, el amigo de Domingo Bussi, o el otro inútil de Pagni y hasta el interminable y soporífero admirador de Onganía, Mariano Grondona, han publicitado, en las páginas de ese cementerio de la verdad que los cables revelados por WikiLeaks sostienen "verdades" sobre el gobierno de Kirchner, o CKF como la llaman, comparándola ingenuamente con Kennedy, como si no hubiera reales reproches o críticas para este gobierno o el de Néstor.




El gobierno de Néstor y su apéndice, el de Cristina, es un típico gobierno peronista. Del ala izquierda del peronismo, es cierto, pero peronista, o sea, no va arreglar nada específico sino que, simplemente, va a distribuir un poco más para que las cosas sean iguales: los sojeros, levantandola con pala, los industriales, levantandola con pala, los gordos de la CGT con Moyano a la cabeza levantandola con pala y así. Reparten un poco, es cierto, pero la estructura desigual del país y las corporaciones que median para que nada cambie siguen tan fuerte com antes.Desde luego que esas corporaciones están enfrentadas con las otras, las neoliberales, las agroganaderas del campo que siguen pagando en negro y llevándose toda la torta y la clase alta ridícula y tilinga que quiere un país reducido a la calle Arroyo, a los countries de Pilar y a Punta del Este, pero esos ya no cuentan demasiado.

¿Criticar al kirchnerismo? Es de lo más fácil.

Menos para los cómplices de las grandes corporaciones, esos que son defendidos por Carrió, Alfonsín junior, Solanas, Duhalde, Macri y De Narváez.
El kirchnerismo es el mal menor, pero un mal big, big grande.
Y sin embargo, los muchachos de La nación y Clarín los atacan.

¿Curioso? ¿no?

El melómano Feimann




Según el Diccionario de la Real Academia Española, melómano significa: apasionado por la música.

Contundente y precisa, la definición no requiere mayor elucidación, pero, de lo que voy a tratar de hablar es de la conducta de los melómanos, o sea, de las personas apasionadas por la música.
Tambien hay que agregar que, si bien no figura en el Diccionario de la RAE, se considera melómano, por uso y costumbre, al apasionado por la música clásica o artística.
No se llama melómano al que le gusta el tango, el folklore, el jazz o la música gitana, no,
siempre este término es utilizado para el amante de los conciertos.

El melónamo no nace así, se convierte, en algún momento de su vida, bajo el impacto de la emoción que le produce la música de conciertos. Puede ser a través de una grabación o de haber asistido a un concierto o de lo que fuera, el hombre se apasiona por la música y decide interesarse en ella, en su historia, en sus características y peculiaridades.

Lo que diferencia al melómano de cualquier otra persona común que sintiera gusto por la música
es la necesidad, en el caso del primero, de conocer todo lo posible acerca de aquello que lo
apasiona. En la mayoría de los casos se convierte, por así decirlo, en un coleccionista.
Colecciona música y todo lo que tenga que ver con la música, desde grabaciones, libros, folletos,
videos e, incluso, asiste con frecuencia a conferencias de divulgación.

Como bien lo define el diccionario, el melómano es un apasionado por la música, nunca se dice
que sea un profesional de la música, lo que es raro, porque se entiende que quien estudia
música debería sentir pasión por aquello que estudia. Pero la definición es exacta porque, en el 99 % de los casos, el melómano no sabe nada de música, no sabe cómo está hecha, cómo se hace, no sabe leer música o apenas, desconoce los rudimentos básicos de la construcción musical: armonía, morfología, contrapunto, análisis morfológico, praxis interpretativa, organología y, en fin, todo ese universo de conocimientos necesarios para entender lo que se escucha.
Entender es distinto que gustar, obviamente.

Sin embargo, el melómano, que se nutre, incansablemente, de información musical, no se conforma con, simplemente, disfrutar del arte musical, necesita saber y necesita calificar. Cosa bastante difícil en la medida que ignora los rudimentos del arte. Pero la necesidad es mayor, por eso, ya que aprender música lleva muchos años de estudio y aplicación, el melómano se conforma con todo el bagaje de información que puede acopiar sin un estudio sistemático.

¿Cuáles son las fuentes del melómano?

Libros sobre música, pero no técnicos sino divulgativos, comentarios de críticos en diarios o
revistas, las, muchas veces, cuidadosas reseñas incluidas en discos, documentales televisivos, etc.
Todo ese compendio de información es musical pero sólo en un aspecto, ya que, dirigido a un público no conocedor, carece por completo de definiciones técnicas que requieren de un conocimiento previo. Son, en general, proposiciones estéticas, valoraciones psicológicas, estudios sobre el carácter y la vida de tal o cual compositor o intérprete y un nutrido anecdotario.

Años de lectura y escucha van dejando una importante simiente de conocimientos en el espíritu
del melómano, lo que le permite asociar y pontificar sobre aquello que ama. Pero - y no hay que olvidarse - dichos conocimientos nunca son musicales, son, a lo sumo y en el mejor de los casos, estéticos.

Esta es una de las contradicciones de la melomanía: a saber, el melómano no se conforma
con gustar de algo, no, debe conocerlo y debe poder transmitir sus conocimientos. De hecho, los melómanos, llevados por su afán, suelen inmiscuirse decididamente en la vida musical, no, desde luego, en el rol de profesionales de la música aplicada, sino en la parte más endeble del asunto:
la crítica, o el ejercicio del periodismo musical. Hasta llegan a ocupar cargos importantes:
como fue el caso de Jorge Durbano, un melómano que durante años publicó críticas en diarios
prestigiosos y llegó a ser Director del Teatro Colón de Buenos Aires, sin ir más lejos.

El melómano tiene una gran necesidad de demostrar lo que sabe - o cree que sabe - y, generalmente llevado por una memoria infalible, puede discurrir extensamente sobre su especialidad. Pero, nunca en términos concretos, sino en esa evasiva nebulosa de concepciones estéticas que suele presentar como verdades absolutamente calificadas. De allí que el acceso a la publicación de sus pensamientos le resulte tan halagador. No hay que extrañarse, casi el ciento por ciento de los críticos que escriben en los diarios no saben nada de música, son, nada más que melómanos.

El melómano contraría el sentido común.
Necesita demostrar su superioridad sobre el vulgo y, para eso, tiende a determinar, de manera
absolutamente arbitraria, categorías y rangos que nada tienen que ver con la práctica musical.

Es frecuente oír a un melómano decir: la versión de tal intérprete sobre tal obra es la
mejor de todas. Con el consiguiente acopio de datos, estadísticas, comparaciones y otros asuntos.
¿Cómo podría una persona incapacitada siquiera de descifrar mínimos conceptos musicales determinar con tanta solemnidad esos asertos? ¿Cómo puede decir, por ejemplo, que la versión grabada en 1979 por Fulanito del concierto de Perengano es la mejor de todas?
En principio, porque las oyó todas y, por alguna afinidad emotiva, la elegida le suena mejor
que las otras. No hay ninguna otra explicación porque tales afirmaciones son absurdas.

Me explico: no hay una versión mejor que otra, en sí misma, de ninguna obra musical, salvo
por mínimos estándares de calidad, claro. Porque la música, arte específicamente humano, no
requiere de ninguna perfección. Es un hecho que comunica y eso es lo que basta: el sentido de
comunión entre el que jecuta y el que escucha. Yo no tengo la posibilidad de viajar a Berlín
para escuchar el Concierto de Sibelius por Maxim Vengerov, un virtuoso. Sin embargo, acá, con entrada libre, quizás, el violinista José Pérez, lo toca y yo asisto. El buen músico que es José Pérez no toca el violín como Vengerov pero, eso, ¿qué significa? Nada. Escucho a José Pérez y experimento el hecho musical, la comunicación entre el intérprete recreando una obra para mí.

Para el melómano tal experiencia no es posible porque él busca la perfección, una perfección ilusoria.
Supongamos dos orquesta de similares excepcionales condiciones, por ejemplo, la Filarmónica de Berlín y la Filarmónica de Nueva York, la primera, bajo la dirección de Mengano y la segunda de Zutano, ambas ejecutando la misma sinfonía de Brahms. ¿Por qué la versión de la una sería mejor que la versión de la otra? No hay ninguna razón, hay dos experiencias distintas a través de la misma música.

Los aficionados a la música suelen concurrir a las conferencias de los melómanos en busca de estas seguridades: necesitan que alguien les diga que lo que están escuchando es lo mejor. Su inseguridad ante el universo inabarcable de la música artística los obnubila, los inmoviliza para disfrutar, buscan certezas. Y el melómano, que es un aficionado obsesivo, transmite esas certezas que, desde luego, son falsas. ¿Por qué? Yo tengo, para mí, la idea siguiente: determinar la superioridad de algo es participar de ella, aunque sea de manera tangencial. Esto es lo mejor, señalado así, con el dedo, con voz solemne, significa, en el fondo, decir que yo soy de los mejores porque puedo apreciarlo.

Acá en Buenos Aires existe un curioso señor, llamado Arce, de apellido, que, desde hace varios años, da cursos de apreciación musical y vive bien de esos cursos. Las señoras o señores que asisten a esos cursos salen maravillados por la teatralidad expuesta por el conferencista. El divulgador los alecciona sobre lo que les ofrece, les habla de estética, los nutre de anécdotas e insulceces y los confirma en la módica sensación de bienestar de quien está en el ajo del asunto.
Les dice a sus oyentes, por ejemplo, que la mejor versión de la obra que acaban de comentar es la que grabó en 1969 la orquesta de Pittsburg bajo la dirección de Lorin Maazel. Y allá van, sus
oyentes, a la búsqueda de ese disco mítico, a escuchar la mejor, la insuperable, aquella versión
sin la cual la obra de Fulano jamás sería correctamente valorada, casi como si no existiera.
No piensa, esa legión de oyentes, que si Lorin Maazel, en lugar de ser director de orquesta hubiera sido carpintero, o lo hubiese atropellado un auto una hora antes de grabar la música, nada se hubiese perdido, porque decir que su versión es la mejor es tan tonto como decir que los niños ingleses son mejores que los niños holandeses.

Leer crítica musical en los diarios es leer todas estas tonterías.

En el post anterior comenté un pobrísimo artículo de José Pablo Feimann, acerca de la pianista Martha Argerich. Es un típico artículo de melómano, como puede verse extractando algunos párrafos.
Parece que la pianista vive de noche y duerme de día. A esa inofensiva neurosis el melómano Feimann la explica de la siguiente manera:

La noche es el silencio y el sereno vuelo de las musas, que tiene lugar en nuestra interioridad.

Referido al anecdotario inevitable cuando de ser melómano se trata, dice Feimann:

Lo delicioso del documental reside en la cantidad de anécdotas que cuenta Argerich.

PD: Obviamente, dada la nula capacidad analítica del melómano, en este caso de Feimann, las anécdotas le sirven para establecer criterios estéticos a partir de simples "chorradas", como diría Kundera. Y es que, realmente, la posibilidad de establecer un análisis de la relación entre interpretación y concepto en una obra sólo puede hacerse a partir de la técnica, que, con un trasfondo de estética es la que da patente de curso a la misma. Pero este simple concepto es incomprensible para el melómano.

Como la pianista dudaba un tanto sobre el tono más adecuado para tocar un concierto, Feimann lo explica de la siguente manera:

Se dice que todos decían: “No se decide porque quiere que su versión sea igual o superior a la de Horowitz”.

Hablando de la obra en cuestión (el Concierto Nro. 3 de Rachmaninov) Feimann dice:

No hay concierto más opulento, más difícil, exige a fondo al pianista y lo obliga a poner en
juego todos los recursos del teclado.

Otro tipo de frases de melómano son las siguientes:

La grandeza de Argerich reside en un punto exquisito: siempre supo detenerse ahí donde Horowitz se desbordó.
Su técnica no es menos asombrosa que la del gigante ruso (por Horowitz). Pero su contención, su espiritualidad, su capacidad para resistirse y huir de la pirotecnia, son mayores.

En fin, no significa esto que no pueda o deba apreciarse el talento interpretativo de Argerich o quien sea, pero debe tomarse como lo que es, ni más ni menos. El melómano necesita del ditirambo porque le permite participar de algo en lo que no está involucrado.
Quiero decir, sólo está involucrado en el disfrute.

Y eso es muy poco para él.

El Bien, la TV Publica y Feimann (y Martha Argerich)


Veo que hace mucho rato no escribo nada en el blog.

La verdad, a veces uno está cansado, la vida es dura, uno piensa sobre las cosas pero existe ese mal argentino llamado "la fiaca" que suele ser más poderoso de lo que parece. Uno lee o presencia ciertos eventos, los que fueran, y se dice: voy a escribir sobre esto. Pero luego considera que no vale la pena, que es conveniente dedicarse a otra tontería y se deja estar.

Pero ayer leí, en la Contratapa del diario oficialista Página 12, una nota titulada "Argerich", así, a secas, perpetrada por el filósofo peronista José Pablo Feimann (el de la foto) opinando sobre la lucha entre el Bien y el Mal y dándonos la nueva de una... digamos, escasa pero importante victoria de lo bueno y bello sobre lo zafio y perverso.

No suelo leer a Feimann, lo poco que he leído me ha curado de espanto. Dios mío, si esto es ser un filósofo qué lejos estamos de las épocas de Schopenahuer, o de Kant o de Hegel. En líneas generales Feimann se maneja con el sentido común, el más común de los sentidos, y sus peroratas pueden ser obviadas justamente por eso... por ser demasiado obvias.

No es que su obviedad sea sinónimo de razón o verdad, después de todo, quién puede adjudicarse semejante logro. No, simplemente son obvias porque apelan a tópicos obvios, complacientes, y confunde apología con argumento, quizás porque ambas palabras comienzan con a.

Hasta aquí la filosofía de Feimann, discutible o no.

Pero Feimann, un estudioso de la vida, también puede opinar sobre cualquier otro asunto. En este caso, sobre música, así, a secas.

Por eso opina sobre Martha Argerich (
Martha Argerich es la gloria musical más grande que ha producido este país) y sobre el documental que, acerca de la pianista tucumana, emitió la TV Pública un día determinado.

Para Feimann la TV debe tener un sentido moral, educador, constructivo, si se quiere. En este sentido, debe promover valores morales. Que no lo hace, claro, porque la TV, en general, está manejada por personas sin esos criterios, todo lo contrario, son perversos, piensan que la gente es idiota, hacen programas basura y son/han sido cómplices de los más oscuros desatinos de nuestra triste historia. Palabras más, palabras menos.

Y, además, son mayoría.

Pero, rescata Feimann, el documental exhibido sobre Martha Argerich, en la TV Pública, casualmente la TV Pública del gobierno que él apoya, y no otra, es un triunfo del Bien sobre el Mal, pequeño, pero valorable.

No me interesa discutir si Feimann tiene o no razón sobre la función de la TV, recuerdo una nota de Enszerberger (un verdadero filófoso) donde afirmaba que la televisión idiotiza a todo el mundo menos a los que afirman que la televisión idiotiza a todo el mundo.

El asunto son sus afirmaciones musicales.

Feimann, devenido en filósofo periodista, obra como el común de los periodistas, se sienten con el derecho de opinar sobre TODO, porque todo les es conocido, más si eres filósofo.





Dice Feimann que Argerich es la gloria musical más grande que ha producido este país.

Así de concluyente, de tajante, de irrebatible. Y uno se pregunta: ¿por qué?

¿Por qué la pianista tucumana, una señora que toca maravillosamente el piano, sería la gloria musical más grande que ha producido este país?

¿No es un tanto exagerado, Feimann?

Como Feimann no argumenta su veredicto me permito algunas observaciones.

Martha Argerich saltó a la fama internacional cuando ganó, siendo muy joven, el Concurso Chopin en el año 1965. No es la única, no fue la primera, no será la última. Ganar ese concurso le abrió las puertas a una brillante carrera de... pianista, que de eso se tratan los concursos. No pudo ganar el Paganini, o el Reina Elisabeth, porque esos son concursos de violín. Pero, fuera lo que fuese, los ganadores de estos premios internacionales suelen, a partir de ellos, tener bastante trabajo en su especialidad. En el caso de Argerich, tocar el piano.

Que lo hace maravillosamente bien, de eso no cabe ninguna duda.

Pero, ¿por qué sería ella la gloria más grande del país, en lugar de un violinista, un cantante lírico, un guitarrista, un contrabajista o un percusionista o cualquier otro? ¿Por qué ella, nuestra pianista tucumana, y no, por ejemplo, los compositores Alberto Ginastera, Juan Carlos Paz, Luis Zubillaga, Gerardo Gandini, Alberto Williams, Mauricio Kagel o doscientos más? ¿Qué beneficio trajo aparejada la carrera de pianista de Martha Argerich para la música nacional? ¿Se dedicó, Martha Argerich, a promover la música argentina? ¿Puso Martha Argerich su talento al servicio de la composición musical argentina, de alguno de los compositores anteriormente citados o doscientos más? ¿Ha llegado al mundo alguna idea de la música de nuestro país, al menos la escrita para piano, gracias a la fama y el talento pianístico de la señora Martha Argerich?

O, como es notorio, la señora Martha Argerich hizo una carrera de pianista, de concertista de piano, interpretando, a lo largo de su carrera, las magníficas pero siempre las mismas obras que cualquier otro campeón de piano (y los hay a patadas) ha y habrá de interpretar durante décadas ante los auditorios que desean escuchar lo mismo y desean comparar la versiones de los intérpretes más destacados.

Por otro lado: ¿cómo se determina que un artista es el más grande? ¿Es Picasso más grande que Paul Klee, que Kandinsky o que Goya? ¿Beethoven que Brahms o Sibelius? ¿Herbert von Karajan que Georg Solti o Fritz Reiner? ¿La Mona Jiménez que Patricia Sosa? ¿De dónde saca, señor Feimann, tamaña tontería? ¿Hay una especie de Copa Davis o Torneo Clausura de los artistas? ¿Clasifica la señora Argerich a la Copa Libertadores?

Otro asunto.

La única razón por la que yo entiendo la caracterización de Feimann es el provincialismo, a saber, un argentino, quien fuese, logra reconocimiento internacional y, por ende, vale. Si alemanes, franceses o americanos dicen que es bueno, debe serlo. Si otro artista no tuvo la suerte de triunfar en un concurso (Ravel, para el caso, nunca pudo obtener el premio Roma de composición que si le dieron a otros inmensos olvidados) ya no puede ser el primero, así de simple. Y si hay un artista más grande que todos, en este caso la señora Argerich, debe haber un segundo, y también un tercero, y algunos que se irán al descenso.

Dice el filósofo peronista que Argerich supera a Barenboim, quien, probablemente, sería el segundo, dada su apreciación. De nuevo, ¿por qué Barenboim? ¿Qué beneficio trajo el pianista y director israelí, con su fulgurante carrera y su habilidada para las public relations por la música argentina además de grabar un disquito con Mederos? ¿Solicitó, Barenboim, a compositores argentinos, obras para ser difundidas a sus vastos oyentes?

Bah.

Feimann no hace otra cosa que opinar como un melómano ignorante de la realidad artística, desvaloriza - por ignorancia - a los innumerables artistas que nuestro país ha tenido y tendrá y, utilizando sin escrúpulos, el ámbito que se le ofrece para expresar sus pobres ideas, nos rellena de anécdotas tontas y fútiles sin ninguna objetivación intelectual.

Pero, ¿a quién le importa? Lo que importa es que seamos algo, gracias a la pianista tucumana, a Barenboim, al dulce de Leche o a Messi. Ese y no otro es el fondo del concepto de Feimann, que se conforma con poco.

Ah, en la frase en la que elogia a Argerich, Feimann dice, enfáticamente, para que el lector se asombre, que nuestra insigne campeona del teclado es más aún que la negra Sosa, Charly García y algún otro esperpento de los que andan por ahí.

Esa es la cultura musical de Feimann, pobres de nosotros.

Texto de Borges contra el Antisemitismo


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Tomado de El ortiba

Una intervención de Borges contra el antisemitismo

Daniel Lvovich *

El 20 de agosto de 1932, la Comisión Popular Argentina contra el Comunismo, una de las múltiples organizaciones nacionalistas fuertemente autoritarias que proliferaron en la Argentina a partir del golpe militar de 1930, organizó un acto en Plaza Congreso para acompañar la entrega de un petitorio al Parlamento. El acto contó con la adhesión de la Legión Cívica Argentina, y las 275.000 firmas que acompañaban la petición daban cuenta de una amplia adhesión a sus demandas. Aunque el petitorio no incluía afirmaciones de índole antisemita, un rumor circuló con insistencia por Buenos Aires en los días previos al acto, según el cual los asistentes al mitin atacarían a personas e instituciones judías. El rumor no carecía de fundamentos.

Jorge Luis Borges


Panfleto antisemita donde se recomienda leer "Crisol"

En las semanas previas, las posiciones antisemitas de la prensa nacionalista y católica se habían agudizado, destacándose la insistencia y ferocidad de los ataques del recientemente creado Crisol –periódico dirigido por el filonazi Enrique Osés– y la publicación en el diario católico El Pueblo de los Protocolos de los Sabios de Sión, el más clásico y difundido de los instrumentos de difusión del mito de la conspiración judía mundial. Tal situación se agravaba teniendo en cuenta que pocos meses antes, en febrero de 1932, se había divulgado un manifiesto dirigido a los miembros dela Legión Cívica por su comandante, el teniente coronel Juan B. Molina, en el que se enumeraban los peligros que –a su juicio– amenazaban al país: el socialismo, el comunismo, el anarquismo y el judaísmo. Afirmaba Molina que: “En nuestro país los judíos suman 800.000. Verdadera máquina infernal destinada a establecer con el más grosero materialismo la tiranía del oro en el mundo. Los judíos no se asimilan. Los judíos, en todo momento y en todo lugar son ‘judíos’. Entre nosotros manejan grandes empresas y enormes capitales y tienen sojuzgados muchos valores netamente nacionales”. El manifiesto había sido distribuido cuando el teniente coronel Molina se desempeñaba como secretario de la Presidencia en el régimen del general Uriburu.

Mientras aparecían en las calles de Buenos Aires carteles en los que la Legión Cívica convocaba al combate contra el comunismo, los extranjeros y los judíos, el diario Crítica y los órganos del Partido Socialista y el Partido Socialista Independiente advertían sobre la posibilidad de un desenlace trágico. Una representación de los judíos de Buenos Aires obtuvo una audiencia con el ministro del Interior del gobierno del general Justo, Leopoldo Melo, para plantearle su preocupación ante la insistente amenaza propalada por los rumores, frente a lo que el ministro se comprometió a garantizar la seguridad de la población judía. El caso llegó inclusive al ámbito parlamentario, donde el diputado socialista independiente Manacorda señaló la gravedad de la situación, mientras que el diputado Ghioldi manifestó la preocupación del grupo parlamentario socialista por los rumores circulantes. El día previsto para el acto, la edición de Mundo Israelita daba cuenta de la preocupación de la comunidad judía ante la posibilidad de que se desataran persecuciones. Sostenía en su editorial que “elementos tendenciosos, desembozados algunos y agazapados en las sombras otros, han estado sembrando la confusión por todos los medios a su alcance, empeñados en derivar la protesta contra los comunistas hacia una acción punitiva contra los judíos, que serían sinónimos”. El semanario reproducía las informaciones de la prensa liberal y socialista, que denunciaban la posibilidad de estallidos de violencia antisemita tras el acto. Como estrategia de combate contra el prejuicio antijudío, Mundo Israelita convocó a varias personalidades para que se pronunciaran sobre los acontecimientos. Quizá precisamente debido a la multiplicidad de denuncias y al alto nivel político que éstas involucraron, el temido pogrom no tuvo lugar. El acto anticomunista, al que asistieron entre cinco y seis mil personas, se desarrolló con normalidad, sin que se viera alterado más que por incidentes insignificantes. En su edición de la semana posterior (27 de agosto de 1932), Mundo Israelita continuó publicando en su portada manifestaciones de repudio al antisemitismo. En esa ocasión se publicó la columna de Jorge Luis Borges que aquí se reproduce:

“Ciertos desagradecidos católicos –léase personas afiliadas a la Iglesia de Roma, que es una secta disidente israelita servida por un personal italiano, que atiende al público los días feriados y domingos – quieren introducir en esta plaza una tenebrosa doctrina, de confesado origen alemán, rutenio, ruso, polonés, valaco y moldavo. Basta la sola enunciación de ese rosario lóbrego para que el alarmado argentino pueda apreciar toda la gravedad del complot. Por cierto que se trata de un producto más deletéreo y mucho menos gratuito que el DUMPING. Se trata –soltemos de una vez la palabra obscena– del Antisemitismo. Quienes recomiendan su empleo suelen culpar a los judíos, a todos, de la crucifixión de Jesús. Olvidan que su propia fe ha declarado que la cruz operó nuestra redención. Olvidan que inculpar a los judíos equivale a inculpar a los vertebrados, o aun a los mamíferos. Olvidan que cuando Jesucristo quiso ser hombre, prefirió ser judío, y que NO eligió ser francés ni siquiera porteño, ni vivir en el año 1932 después de Jesucristo para suscribirse por un año a LE ROSEAU D’OR. Olvidan que Jesús, ciertamente, no fue un judío converso. La basílica de Luján, para El, hubiera sido tan indescifrable espectáculo como un calentador a gas o un antisemita... Borrajeo con evidente prisa esta nota. En ella no quiero omitir, sin embargo, que instigar odios me parece una tristísima actividad y que hay proyectos edilicios mejores que la delicada reconstrucción, balazo a balazo, de nuestra Semana de Enero, aunque nos quieran sobornar con la vista de la enrojecida calle Junín, hecha una sola llama.”
Jorge Luis Borges Mundo Israelita, 27 de agosto de 1932.

* Investigador. Docente. Universidad Nacional de General Sarmiento

Fuente: http://www.fmh.org.ar/revista/22/borges.htm

Algunas cosas de Eduardo Galeano


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Cuando fueron desalojados del Paraíso, Adán y Eva se mudaron al África, no a París.

Algún tiempo después, cuando ya sus hijos se habían lanzado a los caminos del mundo, se inventó la escritura. En Irak, no en Texas.

También el álgebra se inventó en Irak. La fundó Mohamed al-Jwarizmi, hace mil 200 años, y las palabras algoritmo y guarismo derivan de su nombre.

Los nombres suelen no coincidir con lo que nombran. En el British Museum, pongamos por caso, las esculturas del Partenón se llaman "mármoles de Elgin", pero son mármoles de Fidias. Elgin se llamaba el inglés que las vendió al museo.

Las tres novedades que hicieron posible el Renacimiento europeo, la brújula, la pólvora y la imprenta, habían sido inventadas por los chinos, que también inventaron casi todo lo que Europa reinventó.

Los hindúes habían sabido antes que nadie que la Tierra era redonda y los mayas habían creado el calendario más exacto de todos los tiempos.

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En 1493, el Vaticano regaló América a España y obsequió el África negra a Portugal, "para que las naciones bárbaras sean reducidas a la fe católica". Por entonces, América tenía 15 veces más habitantes que España y el África negra 100 veces más que Portugal.

Tal como había mandado el Papa, las naciones bárbaras fueron reducidas. Y muy.

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Tenochtitlán, el centro del imperio azteca, era de agua. Hernán Cortés demolió la ciudad, piedra por piedra, y con los escombros tapó los canales por donde navegaban 200 mil canoas. Ésta fue la primera guerra del agua en América. Ahora Tenochtitlán se llama México DF. Por donde corría el agua, corren los autos.

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El monumento más alto de la Argentina se ha erigido en homenaje al general Roca, que en el siglo XIX exterminó a los indios de la Patagonia.

La avenida más larga del Uruguay lleva el nombre del general Rivera, que en el siglo XIX exterminó a los últimos indios charrúas.

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John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de la Royal Africa Company, que compraba y vendía esclavos.

Mientras nacía el siglo XVIII, el primero de los borbones, Felipe V, estrenó su trono firmando un contrato con su primo, el rey de Francia, para que la Compagnie de Guinée vendiera negros en América. Cada monarca llevaba un 25 por ciento de las ganancias.

Nombres de algunos navíos negreros: Voltaire, Rousseau, Jesús, Esperanza, Igualdad, Amistad.

Dos de los Padres Fundadores de Estados Unidos se desvanecieron en la niebla de la historia oficial. Nadie recuerda a Robert Carter ni a Gouverner Morris. La amnesia recompensó sus actos. Carter fue el único prócer de la independencia que liberó a sus esclavos. Morris, redactor de la Constitución, se opuso a la cláusula que estableció que un esclavo equivalía a las tres quintas partes de una persona.

El nacimiento de una nación, la primera superproducción de Hollywood, se estrenó en 1915, en la Casa Blanca. El presidente Woodrow Wilson la aplaudió de pie. Él era el autor de los textos de la película, un himno racista de alabanza al Ku Klux Klan.

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Algunas fechas:

Desde el año 1234, y durante los siete siglos siguientes, la Iglesia católica prohibió que las mujeres cantaran en los templos. Eran impuras sus voces, por aquel asunto de Eva y el pecado original.

En el año 1783, el rey de España decretó que no eran deshonrosos los trabajos manuales, los llamados "oficios viles", que hasta entonces implicaban la pérdida de la hidalguía.

Hasta el año 1986 fue legal el castigo de los niños en las escuelas de Inglaterra, con correas, varas y cachiporras.

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En nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la Revolución Francesa proclamó en 1793 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Entonces, la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. La guillotina le cortó la cabeza.

Medio siglo después, otro gobierno revolucionario, durante la Primera Comuna de París, proclamó el sufragio universal. Al mismo tiempo, negó el derecho de voto a las mujeres, por unanimidad menos uno: 899 votos en contra, uno a favor.

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La emperatriz cristiana Teodora nunca dijo ser revolucionaria, ni cosa por el estilo. Pero hace mil 500 años el imperio bizantino fue, gracias a ella, el primer lugar del mundo donde el aborto y el divorcio fueron derechos de las mujeres.

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El general Ulises Grant, vencedor en la guerra del norte industrial contra el sur esclavista, fue luego presidente de Estados Unidos.

En 1875, respondiendo a las presiones británicas, contestó:

–Dentro de 200 años, cuando hayamos obtenido del proteccionismo todo lo que nos puede ofrecer, también nosotros adoptaremos la libertad de comercio.

Así pues, en el año 2075, la nación más proteccionista del mundo adoptará la libertad de comercio.

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Lootie, Botincito, fue el primer perro pequinés que llegó a Europa.

Viajó a Londres en 1860. Los ingleses lo bautizaron así, porque era parte del botín arrancado a China, al cabo de las dos largas guerras del opio.

Victoria, la reina narcotraficante, había impuesto el opio a cañonazos. China fue convertida en una nación de drogadictos, en nombre de la libertad, la libertad de comercio.

En nombre de la libertad, la libertad de comercio, Paraguay fue aniquilado en 1870. Al cabo de una guerra de cinco años, este país, el único país de las Américas que no debía un centavo a nadie, inauguró su deuda externa. A sus ruinas humeantes llegó, desde Londres, el primer préstamo. Fue destinado a pagar una enorme indemnización a Brasil, Argentina y Uruguay. El país asesinado pagó a los países asesinos, por el trabajo que se habían tomado asesinándolo.

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Haití también pagó una enorme indemnización. Desde que en 1804 conquistó su independencia, la nueva nación arrasada tuvo que pagar a Francia una fortuna, durante un siglo y medio, para expiar el pecado de su libertad.

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Las grandes empresas tienen derechos humanos en Estados Unidos. En 1886, la Suprema Corte de Justicia extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas, y así sigue siendo.

Pocos años después, en defensa de los derechos humanos de sus empresas, Estados Unidos invadió 10 países, en diversos mares del mundo.

Entonces Mark Twain, dirigente de la Liga Antimperialista, propuso una nueva bandera, con calaveritas en lugar de estrellas, y otro escritor, Ambrose Bierce, comprobó:

–La guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos geografía.

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Los campos de concentración nacieron en África. Los ingleses iniciaron el experimento, y los alemanes lo desarrollaron. Después Hermann Göring aplicó, en Alemania, el modelo que su papá había ensayado, en 1904, en Namibia. Los maestros de Joseph Mengele habían estudiado, en el campo de concentración de Namibia, la anatomía de las razas inferiores. Los cobayos eran todos negros.

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En 1936, el Comité Olímpico Internacional no toleraba insolencias. En las Olimpiadas de 1936, organizadas por Hitler, la selección de futbol de Perú derrotó 4 a 2 a la selección de Austria, el país natal del Führer. El Comité Olímpico anuló el partido.

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A Hitler no le faltaron amigos. La Fundación Rockefeller financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. La Coca-Cola inventó la Fanta, en plena guerra, para el mercado alemán. La IBM hizo posible la identificación y clasificación de los judíos, y ésa fue la primera hazaña en gran escala del sistema de tarjetas perforadas.

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En 1953 estalló la protesta obrera en la Alemania comunista.

Los trabajadores se lanzaron a las calles y los tanques soviéticos se ocuparon de callarles la boca. Entonces Bertolt Brecht propuso: ¿No sería más fácil que el gobierno disuelva al pueblo y elija otro?

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Operaciones de marketing. La opinión pública es el target. Las guerras se venden mintiendo, como se venden los autos.

En 1964, Estados Unidos invadió Vietnam, porque Vietnam había atacado dos buques de Estados Unidos en el golfo de Tonkin. Cuando ya la guerra había destripado a una multitud de vietnamitas, el ministro de Defensa, Robert McNamara, reconoció que el ataque de Tonkin no había existido.

Cuarenta años después, la historia se repitió en Irak.

***

Miles de años antes de que la invasión estadunidense llevara la Civilización a Irak, en esa tierra bárbara había nacido el primer poema de amor de la historia universal. En lengua sumeria, escrito en el barro, el poema narró el encuentro de una diosa y un pastor. Inanna, la diosa, amó esa noche como si fuera mortal. Dumuzi, el pastor, fue inmortal mientras duró esa noche.

***

Paradojas andantes, paradojas estimulantes:

El Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más hermosas esculturas de la era colonial americana.

El libro de viajes de Marco Polo, aventura de la libertad, fue escrito en la cárcel de Génova.

Don Quijote de La Mancha, otra aventura de la libertad, nació en la cárcel de Sevilla.

Fueron nietos de esclavos los negros que generaron el jazz, la más libre de las músicas.

Uno de los mejores guitarristas de jazz, el gitano Django Reinhardt, tenía no más que dos dedos en su mano izquierda.

No tenía manos Grimod de la Reynière, el gran maestro de la cocina francesa. Con garfios escribía, cocinaba y comía.

Artigas

La arquitectura de la muerte es una especialidad militar. En 1977, la dictadura uruguaya erigió un monumento funerario en memoria de José Artigas. Este enorme adefesio fue una cárcel de lujo: había fundadas sospechas de que el héroe podía escaparse, un siglo y medio después de su muerte. Para decorar el mausoleo, y disimular la intención, la dictadura buscó frases del prócer. Pero el hombre que había hecho la primera reforma agraria de América, el general que se hacía llamar ciudadano Artigas, había dicho que los más infelices debían ser los más privilegiados, había afirmado que jamás iba a vender nuestro rico patrimonio al bajo precio de la necesidad, y una y otra vez había repetido que su autoridad emanaba del pueblo y ante el pueblo cesaba. Los militares no encontraron ninguna frase que no fuera peligrosa. Decidieron que Artigas era mudo. En las paredes, de mármol negro, no hay más que fechas y nombres.

Dos traidores

Domingo Faustino Sarmiento odió a José Artigas. A nadie odió tanto. Traidor a su raza, lo llamó, y era verdad. Siendo blanco y de ojos claros, Artigas se batió junto a los gauchos mestizos y a los negros y a los indios. Y fue vencido y marchó al exilio y murió en la soledad y el olvido. Sarmiento también era traidor a su raza. No hay más que ver sus retratos. En guerra contra el espejo, predicó y practicó el exterminio de los argentinos de piel oscura, para sustituirlos por europeos blancos y de ojos claros. Y fue presidente de su país y egregio prócer, gloria y loor, héroe inmortal.

Constituciones

La principal avenida de Montevideo se llama 18 de Julio, en homenaje al nacimiento de la Constitución del Uruguay, y el estadio donde se jugó el primer campeonato mundial de fútbol fue construido para celebrar el primer siglo de vida de esa ley fundacional. El magno texto de 1830, calcado del proyecto de la Constitución argentina, negaba la ciudadanía a las mujeres, a los analfabetos, a los esclavos y a quien fuera sirviente a sueldo, peón jornalero o simple soldado de línea. Sólo uno de cada diez uruguayos tuvo el derecho de ser ciudadano del nuevo país, y el noventa y cinco por ciento no votó en las primeras elecciones. Y así fue en toda América, de norte a sur. Todas nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia renegó de quienes, peleando por ella, se habían jugado la vida; y las mujeres, los pobres, los indios y los negros no fueron invitados a la fiesta. Las Constituciones dieron prestigio legal a esa mutilación. Bolivia demoró ciento ochenta y un años en enterarse de que era un país de amplia mayoría indígena. La revelación ocurrió en el año 2006, cuando Evo Morales, indio aymara, pudo consagrarse presidente por una avalancha de votos. Ese mismo año, Chile se enteró de que la mitad de los chilenos eran chilenas, y Michelle Bachelet fue presidenta.

La avenida más larga

Una matanza de indios inauguró la independencia del Uruguay. En julio de 1830, se aprobó la Constitución nacional, y un año después el nuevo país fue bautizado con sangre. Unos quinientos charrúas, que habían sobrevivido a siglos de conquista, vivían al norte del río Negro, perseguidos, acosados, exiliados en su propia tierra. Las nuevas autoridades los convocaron a una reunión. Les prometieron paz, trabajo, respeto. Los caciques acudieron, seguidos por su gente. Comieron, bebieron y volvieron a beber hasta caer dormidos. Entonces fueron ejecutados a punta de bayoneta y tajos de sable. Esta traición se llamó batalla. Y se llamó Salsipuedes, desde entonces, el arroyo donde ocurrió. Muy pocos hombres lograron huir. Hubo reparto de mujeres y niños. Las mujeres fueron carne de cuartel y los niños, esclavitos de las familias patricias de Montevideo. Fructuoso Rivera, nuestro primer presidente, planificó y celebró esta obra civilizadora, para terminar con las correrías de las hordas salvajes. Anunciando el crimen, había escrito: Será grande, será lindísimo. La avenida más larga del país, que atraviesa la ciudad de Montevideo, lleva su nombre.

Fundación de la tristeza

Montevideo no era gris. Fue agrisada. Allá por 1890, uno de los viajeros que visitaron la capital de Uruguay pudo rendir homenaje a la ciudad donde triunfan los colores vivos. Las casas tenían, todavía, caras rojas, amarillas, azules... Poco después, los entendidos explicaron que esa costumbre bárbara no era digna de un pueblo europeo. Para ser europeo, dijera lo que dijera el mapa, había que ser civilizado. Para ser civilizado, había que ser serio. Para ser serio, había que ser triste. Y en 1911 y 1913, las ordenanzas municipales dictaron que debían ser grises las baldosas de las veredas y se fijaron normas obligatorias para los frentes de las casas, donde sólo será permitida la pintura que imite materiales de construcción, como ser arenisca, ladrillo y piedras en general. El pintor Pedro Figari se burlaba de esta estupidez colonial: -La moda exige que hasta las puertas, ventanas y celosías se pinten de gris. Nuestras ciudades quieren ser Parises... A Montevideo, ciudad luminosa, la embadurnan, la trituran, la castran...
Y Montevideo sucumbió a la copiandería.
En aquellos años, sin embargo, Uruguay era el centro latinoamericano de la audacia y probaba con hechos su energía creadora. El país tuvo educación laica y gratuita antes que Inglaterra, voto femenino antes que Francia, jornada de trabajo de ocho horas antes que los Estados Unidos y ley de divorcio setenta años antes de que la ley se restableciera en España. El presidente José Batlle, don Pepe, nacionalizó los servicios públicos, separó la Iglesia del Estado y cambió los nombres del almanaque. La Semana Santa todavía se llama, en el Uruguay, Semana de Turismo, como si Jesús hubiera tenido la mala suerte de ser torturado y asesinado en una fecha así.

Los derechos civiles en el fútbol

El pasto crecía en los estadios vacíos. Pie de obra en pie de lucha: los jugadores uruguayos, esclavos de sus clubes, simplemente exigían que los dirigentes reconocieran que su sindicato existía y tenía el derecho de existir. La causa era tan escandalosamente justa que la gente apoyó a los huelguistas, aunque el tiempo pasaba y cada domingo sin fútbol era un insoportable bostezo. Los dirigentes no daban el brazo a torcer, y sentados esperaban la rendición por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil. Y así, al cabo de siete meses, los jugadores uruguayos ganaron la huelga de las piernas cruzadas. Un año después, también ganaron el campeonato mundial de fútbol. Brasil, el dueño de casa, era el favorito indiscutible. Venía de golear a España 6 a 1 y 7 a 1 a Suecia. Por veredicto del destino, Uruguay iba a ser la víctima sacrificada en sus altares en la ceremonia final. Y así estaba ocurriendo, y Uruguay iba perdiendo, y doscientas mil personas rugían en las tribunas, cuando Obdulio, que estaba jugando con un tobillo inflamado, apretó los dientes. Y el que había sido capitán de la huelga fue entonces capitán de una victoria imposible.
Maracaná
Los moribundos demoraron su muerte y los bebés apresuraron su nacimiento. Río de Janeiro, 16 de julio de 1950, estadio de Maracaná: la noche anterior, nadie podía dormir; y la mañana siguiente, nadie quería despertar.


Peligro en las calles

Desde hace más de medio siglo, Uruguay no ha ganado ningún campeonato mundial de fútbol, pero durante la dictadura militar conquistó otros trofeos: fue el país que más presos políticos y torturados tuvo, en proporción a la población. Libertad se llamó la cárcel más numerosa. Y como rindiendo homenaje al nombre, se fugaron las palabras presas. A través de sus barrotes se escurrieron los poemas que los presos escribieron en minúsculas hojillas de papel de fumar. Como éste: A veces llueve y te quiero. A veces sale el sol y te quiero. La cárcel es a veces. Siempre te quiero. Peligro en las fuentes Según informa el Apocalipsis (21:6), Dios hará un mundo nuevo, y dirá: -A los sedientos ofreceré, gratuitamente, agua de los manantiales. ¿Gratuitamente? ¿El mundo nuevo no tendrá ni un lugarcito para el Banco Mundial, ni para las empresas consagradas al noble negocio del agua? Eso parece. Mientras tanto, en el mundo viejo en el que todavía vivimos, las fuentes del agua son tan codiciadas como las reservas de petróleo y se están convirtiendo en campos de batalla. En América, la primera guerra del agua fue la invasión de México por Hernán Cortés. Los más recientes combates por el oro azul ocurrieron en Bolivia y en Uruguay. En Bolivia, el pueblo alzado recuperó el agua perdida; en Uruguay, un plebiscito popular evitó que el agua se perdiera.

La escondida (cuento)


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Siempre le gustó jugar con el Chiquito porque era de esa clase de chicos que se toman los juegos en serio, que es la única manera de jugar. El Chiquito jamás hacía trampa, sabía ganar y sabía perder. Por eso le gustaba jugar con él y no, por ejemplo, con María Ester o el Julián. De María Ester le gustaban los ojos y las polleritas cortonas que usaba y la malicia con la que se agachaba por cualquier cosa y mostraba el culo. Una vez se lo había tocado y ella le había pegado un cachetazo livianito, un cachetazo en broma, para no desalentarlo. Pero él era medio corto y se sintió a disgusto. Cuando reflexionó, unos días después, ya no pudo volver a intentarlo porque era evidente que el Julián se la estaba dando y María Ester ni lo dejó acercarse. Si hasta empezó a aparecer con pantalones, y todo porque el Julián era muy celoso y la quería completita para él. Así que, desilusionado, se limitó a espiarlos, cuando podía. Y pudo bien, una tardecita, cuando los vio enfilar para el montecito y los siguió. María Ester gemía profundo y el Julián, que era demasiado grandote para ella, le decía barbaridades pero a ella le deberían gustar, porque, cuando salieron, sin verlo, se reía de lo lindo y el Julián le dijo que estaba cansado de usar forros. Y ella le dijo que ni loca se iba a dejar preñar. Se fueron, caminando, empujándose, deteniéndose a cada rato para manosearse y hasta amagaron volverse para el montecito pero después siguieron camino, mientras él se satisfacía, de pie, arqueado, con la mano izquierda apretada contra un árbol. Y como se habían acollarado y andaban alzados y pegándole duro, ya nadie quedaba para jugar, lo que le vino bien, porque el Chiquito sí que sabía jugar, a lo que fuera, pero mejor era la escondida, así que le propuso jugar, esa noche, y el Chiquito estuvo de acuerdo. Tiraron la moneda y le tocó a él esconderse primero. Fíjense cómo sería de serio el juego que el escondite lo había estado buscando los días anteriores. La máquina de trilla tenía un compartimento de lata donde se guardaba parte del grano, y lo había medido, se había metido adentro, había calculado el tiempo para acomodarse y si hacía o no ruido que lo delatara. Era un escondite perfecto, a trescientos metros, en el medio de la nada, a la vista, podría decirse, pero, inimaginable. Cuando el Chiquito empezó a contar, apoyado en la pared del baño, corrió zigzagueando, para despistar, llegó hasta la máquina, abrió la puerta y se metió, acurrucado, en el compartimento. Había algunas hendijas, entre la chapa, lo que le permitiría ver al Chiquito cuando iniciara la búsqueda. También había calculado la maniobra a seguir cuando el Chiquito se alejara lo suficiente y él pudiese correr hasta la pared del baño y ganar el juego sin delatar el escondite. El Chiquito llegó hasta cien y se despegó de la pared del baño para elegir el rumbo donde iniciar la búsqueda. Hablaban mucho del juego y cada cual tenía su estrategia, que compartían, como dos generales que hablan de sus batallas. El Chiquito decía que medía los perímetros, siempre calculando su propia velocidad con la del rival. Le dijo, una vez, que en este caso, como él, el Chiquito, era más rápido, había calculado en sesenta metros la ventaja que podía dar. No era cosa de ofenderse porque era cierto. El Chiquito era muy rápido, no tanto como el hermano mayor, el Bali, que había ganado la carrera en la guarnición y hasta le habían dado una medalla y una copa. Pero era muy rápido, con sus piernas flacas, como de galgo, y su tranco largo. Corría como si las piernas no fueran parte del cuerpo. El cuerpo se mantenía quieto, no movía los brazos, y las piernas daban enormes zancadas. Él también hacía ese cálculo, sabía jugar, sabía sus limitaciones, sabía que el otro debía estar lo suficientemente lejos como para que él pudiese llegar primero a la pared del baño. Si hasta se entrenaba, probaba de correr como el Chiquito, dejaba el cuerpo quieto y le mandaba a las piernas que corrieran a los saltos, pero no le salía. Iba de un lado al otro, perdía el equilibrio, y tardaba más que si corría como el cuerpo le pedía. Así que, inteligente, decidió compensar con astucia esa debilidad y joderlo al Chiquito con la paciencia y el método. El Chiquito ya había evaluado el primer perímetro, como lo llamaba, y había rodeado el baño, se había asomado a la cocina de la casa, a cincuenta metros, había hurgado entre el corral de las gallinas, aunque allí no había escondite posible, y se había acercado con prudencia hasta el inicio de la senda que terminaba en la calle de tierra. Cumplida esa parte, se demoró un tanto oteando los escondites posibles en el segundo perímetro, que ya era más riesgoso. Había una linda luna, por lo que todo se veía claramente. La casa, a espaldas del Chiquito, estaba a oscuras, salvo el cuarto de arriba, el del papá, que estaría leyendo o algo por el estilo, aunque él nunca sabía qué es lo que hacía el papá cuando se quedaba hasta tan tarde encerrado con llave en ese cuarto. A través de una hendija, podía ver la ventanita iluminada, como un ojo que parpadeara. Luego, trató de encontrar al Chiquito pero no lo vio. No se preguntó dónde andaría, porque no tuvo tiempo. Sintió los pasos del Chiquito muy cerca y aguantó la respiración y se quedó quietecito, a la espera. Debería estar a cincuenta metros de la máquina, porque el ruido de los pasos era bien claro, estaba entre el rastrojo. El Chiquito se quedó quieto, otra de sus tácticas. Se movía, en una dirección, como alentando al rival a perder la paciencia y salir y luego se estaba quieto, en silencio, tratando de oír el ruido delator. Los dos sabían jugar y el Chiquito sabía que, en este caso, esa táctica no servía. Él no se movería de su lugar hasta estar seguro de ganar, pero el otro decía que las cosas debían hacerse, de todas maneras. Así que el Chiquito, sobre el rastrojo, se había quedado quieto y estaba escuchando. Hablaban de la paciencia, elemento fundamental en el juego. El más paciente, ganaba. El Chiquito podía estarse quieto una hora, para desgastarlo, para romperle los nervios. Había ganado muchas veces de esa manera, especialmente al Julián y a María Ester. Una vez, María Ester, alertada por él sobre esa táctica, se había aguantado, trepada al árbol. Pero, de pronto, se largó del árbol y empezó a correr, torpe como era, y el Chiquito, en dos zancadas, la dejó atrás. Más tarde, enojado, él le dijo que era una estúpida pero ella lo puteó de arriba abajo. Se estaba meando, qué mierda le importaba perder. Esa era una diferencia apreciable, ven. Si él, ahora, en el compartimento de la máquina, sintiera ganas de mear, se mearía encima, pero jamás perdería el juego. Se lo dijo a María Ester y la otra lo trató de anormal. Él le dijo que ella no servía para jugar, que el juego era una cuestión de vida o muerte. Y ella, furiosa, le dijo que sí, que no servía para jugar pero que sí servía para cojer, cosa que a él le vendría muy bien. Estuvo a punto de putearla pero no lo hizo porque, detrás, escuchó la risa del Julián y no era cosa de pelearse con ese mono, que le llevaba dos cabezas y que levantaba un padrillo sin mosquearse. La cosa es que el Chiquito estaba quieto, parado sobre el rastrojo y él pensaba si le vendrían ganas de mear o no. No le vinieron y después de un tiempo volvió a sentir los pasos del Chiquito alejándose. Que le conociera las mañas no era una ventaja, porque el otro tenía muchos trucos. Ahora, por ejemplo, pisaba fuerte, para que se oyera claramente hacia donde iba, pero estaba atento, mirando hacia todos lados, esperando el fallo del rival. Al rato, pudo verlo a través de la rendija. Ahora el Chiquito había vuelto a la senda y se adentraba, con cuidado, por entre la fila de eucaliptus que había a los costados. No iba a ir más allá de la mitad de la senda y él había medido que no podría llegar antes a la pared del baño si salía en ese momento. No, estaba todo calculado, tenía que esperar que el Chiquito, después de buscar concienzudamente por el segundo perímetro, se adentrara en el tercero. Tenía que esperar que el Chiquito se llegara hasta la tranquera y ahí sí, ahí ya no podría alcanzarlo y tampoco podría adivinar de donde había salido. Como tenía que esperar, volvió a pensar en María Ester y en el Julián. No creía que fueran a durar mucho, porque al Julián ninguna guacha le duraba bastante. Y hasta había dicho que María Ester no era la gran cosa, sólo era nuevita y a él le gustaban las yeguas alzadas y sin domar, pero, después, se aburría. Así que, para cuando el Julián la largara, cuando María Ester dejara de tener monta, él bien podría pasársela, para entretenerse un buen rato. Le gustaba María Ester, aunque fuera tan flacucha. Le gustaban los ojos y, especialmente el pelo, llovido y negro, largo, que le caía por la espalda. Era flaquita, sí, pero tenía lindo culo, alzadito, y andaba muy caliente, y el Julián era un torpe, nada más, que terminaba pagando en el prostíbulo, como todos los peones, terminaba como todos ellos, poniendo veinte pesos en la cama de alguna de las viejas que había allí, que no servían para nada y que se les reían en la cara. A él se le rió en la cara la pelirroja esa, la Nucha, cuando lo vio desnudo. Le preguntó qué pensaba hacer con eso, señalando, y él le dijo que nada, y se vistió y se fue, y le regaló los veinte pesos y nunca más pisó por allá. Pero al Julián y a los demás peones les encantaba la pelirroja. Le mentaban las tetas y el perfume. Iban cada vez que podían. Parece que se la pasaban entre varios, a ver si le ganaban, y la vieja se les reía en la cara y les decía que tenían que tomar la sopa y eso más los excitaba. Y volvían, una y otra vez. María Ester sabía todo eso pero no le importó. Quizás lo hizo por despecho, porque el Chiquito no le pasaba el apunte. Y él no contaba, porque era más chico. Tenían la misma edad, pero a ella le gustaban los tipos grandotes, como el Julián o el Chiquito. Y el Julián también dijo que le gustaban los viejos pero no dijo a qué se refería. Espió por la rendija y vio cuando la espalda del Chiquito se perdía atrás de la casa, rumbo al fondo. Era una trampa, el Chiquito se quedaba allí, escondido, escuchando. Esto iba para largo y así era mejor, así se disfrutaba más. Estaba contento y dispuesto a quedarse quieto hasta que amaneciera, si fuera necesario, pero se la iba a ganar, cómo que no. Habría pasado más de media hora cuando el Chiquito apareció por el lado opuesto de la casa y volvió a estudiar el paisaje. Existía una verdad a medias: no era conveniente cambiar de escondite en medio del juego, era riesgoso. Pero también era una argucia válida, así que el Chiquito debía cerciorarse antes de continuar la búsqueda. Ahora, si todo iba como estaba planeado, el Chiquito se iría a recorrer los corrales, hasta llegar al de los chanchos. Podía revisar a fondo sin perder el control de la zona, sólo le quedaba ciega la senda porque la casa le tapaba gran parte de la visión, así que la búsqueda parecería el derrotero de un loco, el Chiquito, a cada rato, se pegaría una corrida para poder ver la senda, aunque eso no era ninguna seguridad. Debían coincidir la corrida con la supuesta movilidad del otro, quien podría estar acercándose, árbol tras árbol, sin que el buscador lo distinguiera. Pero, bueno, si no hay riesgos no hay juego. Peor sería lo contrario, adentrarse en la senda y descuidar los corrales. A él no le importaban los movimientos del Chiquito en los corrales, se había aferrado a su plan original, saldría cuando el Chiquito llegara a la tranquera, era lo mejor. La única posibilidad de que no sucediera así era que el Chiquito adivinara el escondrijo de la máquina, pero eso era casi imposible. No podía saber que él había vaciado el compartimento, lo había liberado de granos y posibles culebras. Por detrás de los corrales había campo vacío, que también podía servir para esconderse, pero habían puesto ciertos límites, después de aquella noche en que el Julián se allegó hasta la lagunita y María Ester se cansó de buscarlo, lo llamó a los gritos y como el Julián no le contestara gritó que abandonaba el juego y se fue, enojada. Entonces habían establecido el límite a no franquear. Tampoco utilizaban la casa. Así que el juego venía bien, y, por más trucos que el Chiquito quisiera inventar, era seguro que esta vez le ganaría. Por momentos veía la camisa blanca del Chiquito aparecer, como un fantasma, rodeando los caballos, que estaban tranquilos. Luego, la oscuridad amortiguada por el leve resplandor de la luna, pero, a la altura de los corrales, la luz perdía fuerza, como si se reflejara en el cuerpo de los animales. El Chiquito apareció delante de la casa y se quedó allí. Sacó un cigarrillo, lo encendió y se acomodó contra uno de los postes que sostenían el alero. Él pensó que no se había demorado lo suficiente en los corrales, que estaba cansado. Sabía que la noche anterior había salido con los amigos de Canals y había vuelto de madrugada. El cansancio le iba a jugar en contra, toda vez que él no tenía ningún apuro. Estaba mirando al Chiquito, que fumaba, calmado, cuando oyó la voz, viniendo desde lo alto. La ventana del papá estaba abierta y el viejo algo estaba diciendo. El Chiquito miró hacia arriba, arrojó el cigarrillo y se metió en la casa. Carajo, ¿qué debía hacer ahora? Nunca se había establecido nada acerca de interrupciones fortuitas, así que todo quedaba a su criterio. Igualmente las cosas no habían cambiado tanto, porque el Chiquito podía salir en cualquier momento y él estaba lejos de la pared del baño. Si al menos le viera la silueta en la ventana o, por los gestos del viejo, que estaba mirando hacia afuera, quieto, pudiese entender que el Chiquito estaba en la pieza de altos, ahí, sí, podría salir, correr hasta el baño y ganar la partida. Después se vería. Pero el viejo, a los pocos minutos, cerró la ventana y enseguida se apagó la luz. No, no podía salir. La casa, ahora, permanecía a oscuras y el tiempo pasaba. Como si las cosas hubieran cambiado de repente notó que tenía las piernas entumecidas. Sabía que eso iba a pasar y lo tenía en cuenta, a la hora de correr. Sí, cuando decidiera salir para ganar el juego tenía que considerar unos segundos para que las piernas volvieran a responder, unos trancos un tanto trastabillados, pero enseguida se repondría, enseguida podría correr hasta la pared del baño. Miraba la puerta de la casa, trataba de entender si en el interior se había encendido alguna luz pero nada se distinguía. Pasó un tiempo largo hasta que el Chiquito volvió a aparecer. Miró en dirección al campo, miró en dirección a la máquina, e hizo un gesto. Sí, hizo un gesto. No podía ser. Sabía que él estaba escondido ahí. ¿Cómo podía saberlo? Claro, el papá se lo había dicho. Iba a perder el juego, pero estaba mal, estaba mal que alguien de afuera se metiera, que el papá le hubiera dicho que el rival estaba escondido en la máquina rompía las reglas del juego, no servía, nada de lo planeado servía, entonces. Sintió furia, todo el plan previo, los días pensando y haciendo cálculos, la seguridad de ganar, las piernas entumecidas, todo se venía abajo, no servía para nada. Se puso a llorar, de pura indignación. El Chiquito volvió a hacer el gesto y después enfiló rumbo a la senda, a los eucaliptus. Miró, a través de la rendija, cómo el otro se iba, fumando, sin mayores precauciones, rumbo a la senda. Ya se adentraba en el camino, los troncos de los árboles dejaban ver, de a ratos, la camisa blanca. Caminaba tranquilo, claro, si ya sabía dónde él estaba. Cerca de la tranquera, hacia el fondo de la senda, un claro le permitió ver la camisa del Chiquito y se imaginó que ya estaba trepado a la tranquera. Entonces salió, se refregó las piernas, y empezó a correr. Gritando, llamando al Chiquito. Porque los dos, en definitiva, eran buenos perdedores.


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